De la traducción III

III.

A nueva disgresión nos invita el recuerdo de las traducciones interlineales, donde hay que aceptar valientemente las inversiones sintácticas que resulten. Después de todo, decía Paul Valéry a André Fontainas, el hipérbaton es ”el último guiñapo de las imperiales libertades de Virgilio”:

Des cocotiers absents les fantômes épars…
C’est de Motmorency Madame la Duchesse…
Estas que me dictó rimas sonoras…
en una de fregar cayó caldera…

[167] O este ejemplo, mucho menos conocido, de Gabriel y Galán:

…que el pan que come, con la misma toma
con que lo gana diligente mano.

La inversión da a los textos de Hachette un sabor parecido al del Polifemo de Góngora traducido al francés por Marius André, del cual he dicho: ”…el mayor trabajo del traductor ha consistido en convencerse, gramaticalmente hablando, de que la traducción literal de Góngora al francés reultaba escrita en un francés algo inusitado si se quiere, pero a todas luces legítimo” (Cuestiones gongorinas). (*) Y lo curioso es que esta traducción ”de aspecto bárbaro”, según la justa expresión de Jean Cassou, recuerda en algún modo la lengua mallarmeana, en que algunos quisieron ver hasta contaminaciones del habla inglesa. También recuerda algunos giros de Paul Claudel, a quien los primeros críticos acusaban de imitar el estilo Hachette donde la crítica posterior descubre maneras del terruño y reminiscencias del coloquio infantil del poeta.

(*) [Obras Completas, VII, p. 153.]

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De la traducción II

II.

El recuerdo de mi traducción de Sterne me lleva a una divagación. En cierto pasaje, se lee: “…deja que Madame de Rambouillet p…ss…a su antojo”. Alguien me preguntó porqué en una traducción del inglés aparecía este disimulada expresión francesa. Encuentre aquí el curioso la tardía respuesta: porque esa misma abreviatura es la que usó Sterne, quien a lo largo del libro emplea muchas locuciones francesas. En el pasaje en cuestión, precisamente, acaba de escribir en francés la respuesta que le dio la dama, cuando él le preguntó qué se le ofrecía: “Rien que pisser.” Además de que el verbo francés goza de una aceptación general, internacional, y todos lo reconocen aunque sea en fuga de vocales. La correspondiente palabra española es menos graciosa, y estoy seguro de que, reducida al esqueleto de sus consonantes, para los propios hispanos resulta menos comprensible. José Ortega y Gasset ha contado por ahí cierta historia africana en que un niño quiere hacer pipí. A Juan Ramón Jiménez le [164] parecía mal el galicismo. ¿Por qué no decir mear, como dicen en España los niños? Sin duda porque lo otro es más delicado. Ni “hacer pis”, ni menos “hacer chís” pueden superarlo. Y por escrito, no había el gran recurso de las escuelas: el puño cerrado para pedir permiso de salir del aula a “cosa mayor”, o la mano abierta para “cosa menor”.
Esta expresión “cosa”, y aun “coso”, usadas sin ton ni son para cubrir todas las ausencias verbales, las afasias momentáneas, equivale al “machín” francés y a la “macana” argentina, contra la cual lanza Borges esta elocuente condenación: “Es palabra de haragana generalización y por eso su éxito. Es palabra limítrofe, que sirve para desentenderse de lo que no se entiende y de lo que no se quiere entender. ¡Muerta seas, macana, palabra de nuestra sueñera y de nuestro caos!” (El idioma de los argentinos.) Abundan en nuestra lengua estos ripios mentales: “hombre”, “digo”, “claro”, “anda”, “vamos”, con los que hice alguna vez la caricatura de las charlas de café en Calendario,(*) y el repugnantísimo “éste”, con que entre nosotros la gente suele atacar sus frases en un titubeo mental. No se les debe confundir con esos breves apoyos rítmicos o “especie de puntuación hablada”, que decía Paul Valéry: en griego, “gar”, “alla”, “men”, “dé”; y en valenciano y en argentino, el “che”, muletilla y vocativo ligero. Señalo a la atención de Borges el tango por excelencia de la incapacidad de expresión, que dice: “Churrasca, mi churrasquita. Yo no encuentro otra palabra Que mejor la puerta me abra Para expresarte mi amor”; donde el enamorado acaba diciendo que escribió para la Churrasca una cartita, “Y le puse tantas cosas Que al final no se entendía Y la tuve que romper”.
En estos asuntos de arte mayor, arte menor y arte secreta, [165] la palabra “cosa” tiene en español un sentido que no consignan los léxicos. Lo cierto es que hasta se vuelve expresiva y tierna cuando sobreviene en voz baja la proposición de “hacer cosita”. Es el “faire catleya” de Proust. Swann se atreve a su primer caricia con pretexto de arreglar las orquídeas que Odette llevaba al pecho, y en adelante la flor viene a ser el símbolo de la invitación amorosa. En Dorgelès, Les croix de bois, aparece un misterioso Mal Infernet, que creo interpretar de modo semejante. Una mujer confiesa a un soldado, en carta que éste recibe en la trinchera, y lo aflige por varios días: “He conocido a un joven. Prefiero decírtelo yo y no que otros te lo cuenten. J’ai fait le Mal Infernet avec lui. Le Mal Infernet, tu te souviens…” Singular manera de llamar lo que el abuelo Rabelais decía “faire la bête à deux dos”. En la Edad Media, se dijo “facer aleph”, al menos para el uso ilícito. En el Fuero de Brihuega dado por el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada, hacia 1242: “Tot ome que fallare su mugier faciendo aleph con otro, si los matare no peche nada”. El comentador Juan Catalina García entiende que tal expresión equivale a “haciendo aleve”. Otros ven aquí una alusión a la figura cornúpeta de la letra hebrea aleph. Otros, simplemente, creemos que se trata de sustituir con la letra lo que no se quiere nombrar; así: “En la ciudad de X” o “el señor X”.
Volviendo a Sterne, veo ahora que a lo largo de mi traducción del Viaje cometí un descuido, que fue el traducir “pantalones” donde debía ser “calzón”. Y calzón y no pantalones tiene que ser, tratándose de un caballero de aquella época. Como hoy llamamos en México “calzones”, en plural, a la prenda íntima, un instintivo pudor fue causa de esa inexactitud.
Esto me conduce a observar que varias prendas de vestir carecen en nuestra lengua de nombre general y cómodo. Decimos “sombrero de copa”, abominable perífrasis cuya única [166] ventaja es ser comprensible en ambos continentes. Porque en España dicen “chistera”; en México, “sorbete”; en la Argentina, “galera”. El galicista podrá atrverse con “ocho-reflejos”, o con “alto-en-forma”, que sería la traducción del “haut de forme”. Sucede otro tanto para la “cuba”, “cubeta”, “cubita”, “sombrero de bola”, “bombín”, etcétera, y para el “fieltro”, “sombrero partido”, “sombrero blando”, “quesadilla”, etcétera. Igual pasa con el “vestón” francés, que en España es “americana”, y en América “saco”. Pero saco significa también otra cosa, y chaqueta no vale exactamente lo mismo. Es tan enojoso cambiar el nombre de objetos semejantes al cruzar las fronteras, como cambiar la circulación a la derecha por la circulación a la izquierda. Es como la no aceptación del Sistema Decimal, que verdaderamente crispa los nervios. Es como el uso de caracteres no universales para la escritura. Entiendo que los turcos habían comenzado a prescindir de su garabato tradicional, y, antes de los últimos sucesos, Alemania iba dejando caer la letra gótica.

(*) [Madrid, 1924; Obras Completas, II, p. 278.]

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Alfonso Reyes, y su ensayo sobre la traducción.

Hace bastante tiempo compré un libro de la Bruguera, que contiene ‘La experiencia literaria’, “Ensayos sobre experiencia, exégesis y teoría de la literatura”, según lo que reza el título y subtítulo del tomito.

El ensayo, escrito en un tono campechano y nada escolar, es delicioso precisamente por ello, y en su sencillez, aborda profundamente aspectos fundamentales sobre la tarea del traductor, y la obra sobre la que trabaja: los textos originales.

Lo iré transcribiendo parte por parte -creo que son XII-, y al final dejaré un link para descargarlo en pdf.

Merece la pena.

Greg.

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