Ungaretti: mio fiume anche tu

3.
La piaga nel Tuo cuore
la somma del dolore
che va spargendo sulla terra l'uomo;
il tuo cuore è la sede appassionata
dell'amore non vano.
Cristo, pensoso palpito,
astro incarnato nell'umane tenebre,
fratello che t'immoli
perennemente per riedificare
umanamente l'uomo,
Santo Santo che soffri,
maestro e fratello e Dio che ci sai deboli,
Santo, Santo che soffri
per liberare dalla morte i morti
e sorreggere noi infelici vivi;
d'un pianto solo mio non piango più.
Ecco, Ti chiamo, Santo,
Santo, Santo che soffri.

Traducción literal:

3.
La herida en Tu corazón
la summa del dolor
que va esparciendo el hombre sobre la tierra;
tu corazón es la sede apasionada
del amor no vano.
Cristo, pensante pálpito,
astro encarnado en la humana tiniebla,
hermano que te inmolas
perennemente para reedificar
humanamente al hombre,
Santo Santo que sufre
maestro y hermano y Dios que se hace débil,
Santo, Santo que sufre
para librar de la muerte a los muertos
y sostenernos [a los] infelices vivos;
de un llanto solo mío que ya no lloro más.
Bien, Te llamo, Santo,
Santo, Santo que sufre.

Traducción libre:

3.
La herida en Tu corazón
la summa del dolor
que sobre la tierra va esparciendo el hombre;
es tu corazón la sede apasionada
del amor no vano.
Cristo, pálpito pensante,
astro encarnado en la tiniebla humana,
hermano que te inmolas
perennemente para rehacer
humanamente al hombre,
Santo, Santo que sufre
para librar de la muerte a los muertos
y los vivos infelices sostener;
no lloro más este lamento sólo mío.
Te llamo, por eso: Santo,
Santo, Santo que sufre.

Mr. Greg.

De la traducción I [a]

De la traducción

I

En sus Confesiones de un joven, George Moore habla de la traducción:

Ciertos sustantivos, por difíciles que sean, deben conservarse exactamente como en el original; no hay que transformar las verstas en kilómetros, ni los rublos en chelines o en francos. Yo no sé lo que es una versta ni lo que es un rublo, pero cuando leo estas palabras me siento en Rusia. Todo proverbio debe dejarse en su forma literal, aun cuando pierda algo de su sentido; si lo pierde del todo, entonces habrá que explicarlo en una nota. Por ejemplo, en alemán hay este proverbio: Cuando el caballo está ensillado, hay que montarlo. En francés: Cuando se ha servido el vino, hay que beberlo. Y quien tradujese: Cuando el caballo por Cuando el vino, sería un asno. En la traducción debe emplearse una lengua perfectamente clásica; no hay que usar palabras de argot, y ni siquiera de origen muy moderno. El objeto del traductor debe ser el no quitar a la obra su sabor extranjero. Si yo tradujese L’asom[156]moir, me esforzaría en emplear una lengua fuerte, pero sin color; la lengua -¿cómo diré?-, la lengua de un Addison moderno.

En punto a traducción es arriesgado hacer afirmaciones generales. Todo está en el balancín del gusto. Y si este elemento de creación, incomunicable y difícil de legislar, no entrara en juego, la traducción no hubiera tentado nunca a los grandes escritores. Sería sólo oficio manual, como el trasiego del vino en vasijas. Los casos citados por Moore están escogidos con malicia. Poco costaría encontrar otros que demuestran las limitaciones de su doctrina. Concedemos que la fidelidad a “ciertos sustantivos” es de buen arte. Pero Moore debió haber explicado que los sustantivos en cuestión se refieren a los usos privativos de un pueblo. Pues el transformar los usos no es traducir, sino adaptar; como cuando, por obvias necesidades escénicas, L’orgueil d’Arcachon se convierte en El orgullo de Albacete. Y cuando se trata de nombres propios precisamente, la adaptación es más repugnante; y si de seudónimos, peor aún. Si es intolerable “Ernesto Renán”, más lo es “Anatolio France”, que de ser legítimo, mejor pudo ser “Anatolio Francia”. Ya pasaron los tiempos en que la fuerza de atracción lingüística y hasta la relativa incomunicación de las culturas consentían a Quevedo hablar de “Miguel de Montaña”, a Gracián decirle a John Barclay “el Barclayo” o permitían llamarle al Louvre “la Lobera”. Y acaso esta gambeta se perpetuaba todavía como herencia de los siglos en que el común denominador del latín la había facilitado: así fue como Vincent de Beauvais se llamó Vicente Belovalense.
Pero ya el que todo proverbio o frase coloquial deba respetarse textualmente parece menos aceptable, y más bien la traducción literal podría relegarse a la nota y no al discurso principal. Aquí caemos en el reinado exclusivo de los modis[157]mos, por naturaleza intransferibles, y corremos el riesgo de aprobar como bueno el que la Condesa de Pardo Bazán haya traducido del francés que una mula “sudaba por la cola”, en vez de “sudar a chorros”, como hace la mula ortodoxa en castellano. A poco apurar, tendría razón el chusco que tradujo Rendez-vous ches les Anciens por Ríndase usted en casa de los antiguos.
Pero la idea de la lengua neutra en las traducciones, sin demasiados alardes castizos que adulteren el sabor original, parece muy recomendable en principio.
Hace años, cuando Pedro Henríquez Ureña trabajaba en la traducción de los Estudios griegos, de Pater, solíamos discutir estos puntos. El, por su cuenta, pues no conocíamos el libro de Moore, sostenía una doctrina muy semejante. Yo apenas comenzaba a hacer mi herramienta; me cohibía el purismo, y era partidario de cierta discreta castellanización. El paladar, no hecho, todavía se negaba a tomar el gusto a ciertos desvíos que parecen devolver a las lenguas viejas algo de su acre verdor. Yo no hubiera comprendido entonces que Raymond Poincaré encontrara encanto en el saborcillo extranjero de la prosa francesa de Francisco García Calderón (Prólogo a Les démocraties latines de l’Amérique); el encanto que yo mismo he encontrado más tarde en algún regusto catalán de Eugenio d’Ors o en los lusismos que aconsejaba Estébanez Calderón; el encanto de la Biblia que Cipriano de Valera puso en “castellano ginebrino”, o el de La Lozana andaluza, que Francisco Delgado escribió en español de Roma: bebidas fermentadas que hoy paladeo con agrado indecible.
Nos divertíamos entonces con aquella polémica entre Matthew Arnold y Francis W. Newman sobre la traducción de Homero; tratábamos del estilo noble y el familiar de la épica griega, con referencia al intevitable Longino; considerábamos hasta qué punto sería lícito el interpretar los nombres de los [158] caballos de Aquiles, llamando el Castaño al Janto y el Tordillo al Balio, o el poner a la arpía Podarga el apodo de la Vivaracha.
Y releíamos el diálogo de las Siracusanas de Teócrito entre Gorgo y Praxínoa, que Arnold inserta en su ensayo sobre El sentimiento religioso pagano y cristiano, vertiéndolo de propósito en un estilo familiar y casero:

GORGO.-¿Está en casa Praxínoa?
PRAXÍNOA.-¡Dichosos los ojos, querida Gorgo! Aquí me tienes. ¡Euné, hija: pronto! Acércale una silla y ponle un cojín.

Sin duda que estas familiaridades tienen su utilidad: ayudan a perder el miedo a los clásicos. Pero nada se ha de extremar. Otra vez tenemos aquí que habérnoslas con el balancín del gusto. De un lado, la traducción que, como los pintores primitivos, viste a los antiguos de contemporáneos. De otro lado, la traducción científica, que tiende a quedarse más o menos en el tipo interlinial de las ediciones escolares Hachette.
De un lado, el Homero de Madame Dacier, el Virgilio disfrazado por Scarron, el Ovidio en rondeles de D’Assouci, y aun la Odisea de W. D. Rouse (The Story or Odysseus, A Translation of Homer’s Odyssey into Plain English, Londres, Nelson, 1837). Con igual espíritu, el poema medieval nos habla del Conde Don Aristótil “que estaba muy cansado porque había hecho un silogismo”. Y en un extremo ya caricaturesco, pueden recordarse el Satiricón de Laurent Tailhade, la Lisístrata de Maurice Donnay y, más recientemente, los Mimos de Herondas interpretados por J. Dryssord.

Alfonso Reyes, “De la traducción”, en ‘La experiencia literaria – Ensayos sobre experiencia, exégesis y teoría de la literatura’, pp. 155-158.