Vanitas vanitatum.

Resulta curioso que precisamente la humildad y generosidad sean frutos que se alcanzan cuanto más se ahonda en los estudios patrísticos, y pocas veces son cualidades existentes en quienes inician sus estudios en este campo.

La misma naturaleza de los textos, ideas, el panorama histórico, se presta a un snobismo ‘a priori’, quizá haya quienes estén enterados de la existencia de Boecio, Beda el Venerable o Isidoro de Sevilla, pero el resto de la nómina recolectada por Migne -alrededor de 1200 autores más- contiene nombres que escapan a la mayoría de los textos de divulgación, y hay nombres que incluso son la delicia de eruditos y especialistas.

Lo verdaderamente importante es la capacidad de ayudar al prójimo, al compañero de causa. Sólo sin perder de vista este postulado es posible mantener los pies en la tierra. A cualquiera puede marearle el hecho de tener que ‘solicitar credenciales’ a nuevos miembros de un grupo de estudio, cuando todos y cada uno de los miembros de ese grupo tienen una formación académica admirable.

No perder de vista esto es más que una necesidad, una obligación: el servicio en favor de los demás es lo que da valía a los estudiosos, independientemente de los grados académicos que se posea.

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Autocensura.

De mortuis nil nisi bonum, reza el adagio. Y cuando se trata de ‘muertos ilustres’ el adagio tiene más peso aún que cualquiera de los mandamientos esculpidos por Moisés en las piedras de la Ley.

A poco de comenzar a revisar las bibliografías sobre los materiales que más me interesaban, surgieron las grandes series acompañadas por nombres cuyo perfil ha ido esclareciéndose con el paso de los meses, y de los años. Del oscuro Graffin, y su compañero Nau, al enigmático Chabot, los hermanos Garnière y sus peripecias propias de hombres del siglo XIX, el abad Migne y su empresa editorial aún hoy día inigualable, todos ellos adquirieron una presencia simplemente estremecedora.

Los vastos proyectos en que cada uno a su tiempo y a su manera se embarcó, cristalizó en sendas series bibliográficas que hoy son punto de consulta obligado para todo aquel que se inicia en los estudios Patrológicos/Patrísticos. Algunas publicaciones incluso tienen nombres engañosamente ‘ligeros’, como la Revue del Orient Chrétien.

Mas la línea editorial e histórica por más escueta que sea, no podrá pasar de largo y sin mencionar siquiera en su tiempo a Pitra, Migne, los hermanos Garnière, Horoy, y quienes se encargarían de pasar de un siglo al otro con proyectos que aún perviven hoy día: Graffin, Nau, y Chabot.

Una primera vista de las grandes series ‘Patrologia Orientalis’ y ‘Corpus Scriptorum Christianorum Orientalium’ ofrece el panorama de una época rica y fluida, que disponía de abundantes materiales editoriales cuya consecución incluso se llevaba a cabo con métodos y formas muy poco ‘ortodoxos’ y ‘convencionales’.

Conforme las ideas preconcebidas van adaptándose a lo que muestran los textos de cada historia, y se aprende a leer ‘entre líneas’ cada comentario al parecer azaroso, van destrabándose las verdaderas historias e intenciones que sustentan no pocos proyectos de investigación, después tornados sendos proyectos editoriales.

Esa fue la razón de mi interés por la controversia sucitada entre Graffin y Nau por un lado, y el Abad Chabot por otro. Rastrear cada referencia bibliográfica fue quizá la parte más difícil, y no obstante la parte que más disfruté de esa pequeña investigación, que ha fraguado en una pequeña reseña con una veintena de páginas.

Mas, conforme las situaciones fueron delineándose y anulando cualquier posibilidad de error o confusión, el panorama tornóse paulatinamente desolador. A las figuras encomiables de Graffin y Nau y Chabot se les agregaban uno a uno rasgos que, si bien no eran ajenos a la personalidad intrínseca de cada uno de ellos, vistos de fuera parecieran ser graves, gravísimos defectos.

Mas en este punto es donde la opinión personal, la mirada preconcebida ha de doblegarse y ser domada. El peligro de la autocensura aparece cada vez, en pugna irreconciliable con la desvergüenza o desfachatez.

La autocensura en modo alguno ayuda en la tarea de investigación, quienquiera que se proponga investigar y ahondar en las raíces del tema que le interesa, ha de estar preparado para encontrar incluso las pruebas contundentes que refuten su argumento inicial.

La desvergüenza o el descaro, sendas formas del oprobio y la humillación tampoco son ‘cualidades’ que ayuden en las tareas de investigación. Al descubrir los yerros y debilidades ajenas acentuamos y realzamos las debilidades y yerros propios.

Es realmente fatigoso pelear simultáneamente en un doble frente contra la autocensura y el escarnio. Mantenerse en el justo medio, lugar donde habita la virtud, ha de ser el ideal de todo investigador, por más que sus investigaciones y estudios le inciten a realizar una apología. Con frecuencia, los autores mismos ceden ante el peso de sus obras, y han dejado en ellas apologías o denuncias más que fundamentadas.

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De códices, libros y pergaminos.

Hace ya un par de meses, Roger Pearse comentó en su blog que el libro en cuanto tal parece estar pronto a desaparecer.

Las razones son varias: económicas, editoriales, ambientales. Incluso, y lo más sorprendente, razones prácticas.

El argumento presentado descansa íntegramente sobre la noción de que aquello contenido en un libro o pergamino no es otra cosa que un códice [codex, en la acepción más académica provista por la Semiología] acomodado de tal manera que el ser humano pueda ‘manejarlo’ de una forma más o menos adecuada.

Nótese la diferencia entre ‘manejar’ que resalta el carácter práctico y útil del códice vuelto libro, y ‘comprensión’ o ‘asimilación’ del contenido. Esto último es lo que se encontraría en el sustrato de cualquier obra escrita, sea impresa o manuscrita, leída en una pantalla o en una roca esculpida. El códice como tal genera símbolos capaces de ser asimilados por el destinatario, previamente codificados con una fórmula determinada.

El dataset sería el texto, la información, desligada por completo del medio empleado para transmitirse. Podría por tanto ser provista como un libro impreso, como un fárrago de caracteres en la pantalla, o como una serie de palabras y caracteres sueltos, capaces de ser manipulados por cualquier programa informático susceptible de realizar búsquedas filtradas o cálculos estadísticos.

Another dataset arrives. It’s Dr Matthews dataset on inscriptions in North Africa. Yes I could open it on screen, but I can see that it is bulky and has multiple sections — what we used to call chapters. I do a word search, and can see it has many interesting items. I need to read this. Fine; I hit the button and select from the list of automatic output methods. One of these is “codex”; I pay, and tomorrow the bound book arrives.

What need, then, for the highly expensive utility that we call a “publisher”? What need for printing presses, when the process is a button on a screen? Dataset publishers will exist, and grow, and flourish, earning their revenues from selling content, not format. This will become practical in the not too distant future, I think. Likewise datasets will acquire trust — or otherwise — in some means. This is an essential stage in the transformation, but it will come. Because the dataset is vastly more convenient in every way, including price, to everyone from consumer to supplier to author, than the modern academic printed book.

At the moment publishers really only sell online versions of offline content, and are still thinking in physical terms. But this will change. Why limit oneself to a format now obsolete?

Si la información es susceptible de adoptar determinados formatos, y estos han cambiado con el paso del tiempo, tales cambios se han dado sólo en la transmisión, no en la forma.

Me explico:
Desde los monumentos pictográficos más arcaicos, y las inscripciones talladas en roca hasta el papiro y los primeros folios escritos a mano, existe la misma distancia que desde los libros impresos y encuadernados hasta un documento electrónico visible como .pdf o .doc. La forma se mantiene porque, aunque es evidente que el códice puede adaptarse a infinidad de maneras de transmisión y almacenamiento, el cerebro humano como tal tiene un límite dictado no por la capacidad de procesar información, sino por la manera de adquirirla, y el medio más usado actualmente sigue siendo el de la vista. La lectura. Incluso con técnicas de lectura avanzada, se llegará al límite que no ha de ser sobrepasado. Y si existen sujetos con la habilidad de poder retener íntegramente el contenido de un libro leído, la inmensa mayoría sólo procesa en ‘parcelas’. Y depende de la capacitación, educación o método el provecho que se obtenga de tal parcelación, y la consideración de una obra en su conjunto.

Posiblemente las exigencias académicas y ambientalistas harán más rápido y forzoso el cambio desde los medios impresos tradicionales hasta la adopción de formatos eminentemente electrónicos. Mas la forma linealmente estructurada que tiene el pensamiento humano de abordar argumentaciones de tipo escolar hará que el códice en cuanto tal siga siendo, amén de un generador de símbolos susceptibles de traducción, una masa informe de datos que requiere necesariamente la estructuración que se ha mantenido constante hasta nuestros días.

El intelecto y la capacidad humana de encontrar relaciones, y crear nuevas relaciones ‘ab nihilo’ es un rasgo eminentemente divino. La capacidad humana de proveerse de los datos encerrados en un códice por medio de los sentidos más aptos para ello -la vista y el oído- siguen siendo limitantes con características que nos acercan más al ser animal, que a las esencias angélicas.

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