De la traducción I [b]

Y yo caricaturizaba mi propia doctrina transformando así un posible pasaje de Homero. Supongamos que el texto griego dijera: “¡Oh, Pelida! Narra con aladas palabras tus aven[159]turas con Briséis”. Pues bien: Peláez es el apellido castellano de Aquiles, hijo de Peleo o Pelayo; y Briséis o Briseida suenan a etimología de Brígida. Luego mi hexámetro bárbaro diría así:

Anda, Peláez, vé diciendo cómo te ha ido con Brígida.

De otro lado, el extremo de la traducción científica, preferida por los eruditos modernos y que tiende al tipo interlineal, hay que confesar que frecuentemente encontramos monstruosidades técnicas, que no logran hacer entrar en la intuición del lector el sentido humano de un texto clásico, por miedo a adulterarlo entregándose demasiado al genio de la propia lengua. Esta es la ocasión de declarar que las antologías nunca han recogido algunas preciosas muestras de la prosa castellana, representadas en los viejos traductores de griegos y latinos, quienes, aunque por sí mismos no fueran grandes escritores al caminar sobre la pauta que les da el modelo original, construyeron páginas excelentes. Acaso la lectura de los antiguos debiera graduarse en tres etapas: primero, traducciones que acercan o acortan la distancia, aunque sean inevitables en ellas los errores de semejante violencia; segundo, traducciones que respetan la distancia, aunque sean inevitables en ellas los desvíos de la belleza formal y aun cierta dosis de galimatías, tercero, los mismos textos originales.
Andamos rondando el dilema de Schleiermacher: o ir hacia la lengua extranjera o atraerla hacia la lengua propia. Si ya la expresión de nuestros pensamientos en nuestra habla es cosa indecisa y aproximada, el traducir, el pasar de una lengua a otra, es tarea todavía más equívoca. Una lengua es toda una visión del mundo, y hasta cuando una lengua adopta una palabra ajena suele teñirla de otro modo, con cierta [160] traición imperceptible. Una lengua, además, vale tanto por lo que dice como por lo que calla, y no es dable interpretar sus silencios. Sobre estos y otros puntos trascendentales, consúltese la Miseria y esplendor de la traducción de José Ortega y Gasset. Como ejemplo del distinto valor que el mismo objeto o concepto pueden tener para diferentes pueblos, hace notar que los bantúes poseen hasta doce géneros gramaticales y que en árabe el omnipresente camello cuenta con más de cinco mil setecientos nombres, y añade que, en Eise, hay treinta y tres palabras para el verbo “ir”. De lo que sólo podría dar un pálido reflejo aquella conjugación humorística en jerga española: “Yo me voy, tú te las piras, él se naja, nosotros ahuecamos, vosotros tomáis soleta, ellos se largan”. Recordemos que en sánscrito hay once palabras para “luz”, quince para “nube”, veinte para “luna”, veintiséis para “hacer”, treinta y tres para “matanza”, treinta y cinco para “fuego”, treinta y siete para “sol”; en Islandia, ciento veinte para “isla”, en árabe también, quinientas para “león” y mil para “espada”. Véase Jorge Luis Borges, “Los Kenningar” (Historia de la eternidad, Buenos Aires, 1936), sobre la proliferación metafórica en la poesía escandinava; y el prólogo de José Gaos al primer volumen de su Antología filosófica, La filosofía griega (México, 1941), sobre la imposibilidad racional o aporia de la traducción. (1)
Ya es muy inquietante que el sumo maestro de nuestra prosa considerara las traducciones como tapices vueltos de revés. El autor del Diálogo de la lengua siente que es más difícil traducir al castellano que a ningún otro idioma; pero Poste, traductor de Baquílides, cree que sólo el castellano [161] podría dar idea de la sonoridad del griego clásico, luego confiesa la deficiencia del inglés. Y es que cada uno ve el obstáculo desde su ventana. En el citado ensayo de Ortega y Gasset, donde es evidente cierto tonillo de polémica con los filólogos franceses, se lee esta conclusión: “De todas las lenguas europeas, la que menos facilita la faena de traducir es la francesa”. No se dice explícitamente, pero del ensayo parece desprenderse que ello es consecuencia del mucho condimento autonómico a que llega una lengua ya muy cargada de sus propias herencias. Lo cierto es que, cuando traduje a Chesterton, comparando después mis versiones con las francesas, me resultaba evidente que, si el francés llega a la audacia con la musa propia, desconfía en cambio de las audacias ajenas y las peina y asea un poco. En Los dos caminos he contado cierta charla con Wells, a quien expliqué cómo, contra lo que él sospechaba, me había resultado más difícil reducir al español a Sterne que a Chesterton, porque para aquél no encontraba yo el mode hecho, y para éste me lo daba nuestra prosa del Siglo de Oro: conceptismo, antítesis, paradoja. (2) Pero cuando traduje a estos escritores, lo mismo que cuando he traducido a Goldsmith, a Stevenson, a Browning, a Mallarmé o el poemita francés del siglo XII sobre el Castellano de Coucy (traducción muy poco feliz), tuve que encerrar las reglas como Lope, olvidar mis dudas y reflexiones y entregarme un poco al instinto.
Aquellas conversaciones juveniles y las que después tuve en Madrid con el traductor de Anatole France hicieron nacer [162] en mí la idea de escribir un ensayo sobre la traducción, en que habían de tomarse en cuenta las enseñanzas del inglés Tytler y del español Pi Ferrer: un proyecto más, olvidado a medio camino. Luis Ruiz Contreras me repetía siempre que el traducir es una tarea humilde y dócil como el servir, y a la vez un peligroso viaje sobre dos carriles; yo diría, sobre dos caballos de desigual carrera. Ruiz Contreras se sentía tan expuesto a perder el rumbo del idioma en aquellos años ya de fatiga, que prefería encargar a un secretario la primera versión de Anatole France y después la iba modelando.
Durante el aprendizaje de una lengua extranjera, hay un paradójico efecto que luego la familiaridad va borrando; y es que la lengua extranjera nos ofrece todavía su frescura metafórica y ciertos valores estilísticos arrastrados por la costumbre. Al que comienza su inglés, puede parecerle un acierto personal de Stevenson el que el cuerpo de un marino apuñalado “se hunda” en sí mismo; cuando la verdad es que el “sink” es término acuñado para “irse muriendo”.
Con las confesiones de los traductores podría poco a poco levantarse un inventario de problemas de grande utilidad para la estilística. Después de todo, ¿no fue conducido Charles Bally a la Estilística por sus experiencias de catedrático de inglés? ¿No fue empujado Mallarmé hacia algunas investigaciones del lenguaje poético por una experiencia semejante? Cuando Valery Larbaud traducía las Notas del victoriano Samuel Butler (pues hay otro Samuel Butler, autor de Hudibras, que también dejó cuadernos de notas) (3) confesaba que su esfuerzo principal consistía en dar un giro francés a las intenciones epigramáticas de su autor, que traducidas literalmente perdían todo sabor; y comparaba este esfuerzo con el [163] de sacar la punta al lápiz: hay que llegar a la finura -decía- pero detenerse antes de anular la resistencia. Yo he confesado también coram populo ciertas vicistudes del traductor propias y ajenas. (4) Por desgracia tales documentos no abundan.

(1) Hay otro problema de traducción interior o de rivalidad interior. Véase Adolfo Costa du Rels, El drama del escritor bilingüe, Buenos Aires, P.E.N. Club, 1941.
(2) En la traducción del Viaje Sentimental, de Sterne, edición Calpe, Biblioteca Universal, me afearon el prólogo con deplorables erratas: “Falcoubridge” por “Falconbridge”; “Smelfurgus” por “Smelfungus”; “novelitas de la vida doméstica” por “novelistas”; y lo peor es que, en varios lugares, se habla de “Mr. Draper”, en vez de “Mrs. Draper”, con quien Sterne tuvo amores. [Véase Obras Completas, IV, p. 295].
(3) A. R. “Los libros de notas”, El cazador, Madrid, 1921 [Obras Completas, III, pp. 154-156].
(4) Revista de Occidente, agosto de 1932; ensayo publicado simultáneamente en francés, en la Revue de Litterature Comparée, París, julio-septiembre del propio año, trad. M. Pomès. Incorporado todo ello en el volumen Mallarmé entre nosotros, Buenos Aires, Destiempo, 1938 [2.a edición, México, Tezontle, 1955]. En Monterrey, Río de Janeiro, octubre de 1931 [N.o 6, pp. 1-8], recogí las reflexiones de Jorge Guillén y Mariano Brull, y su correspondiencia en torno a la traducción de El cementerio marino que ambos llevaron a buen término por aquellos días.

Alfonso Reyes, “De la traducción”, en ‘La experiencia literaria – Ensayos sobre experiencia, exégesis y teoría de la literatura’, pp. 158-163.

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