Onetti-Rulfo: Lo que puede decirse en un ágape de esfinges. R. H. Moreno-Durán

LO QUE PUEDE DECIRSE EN UN ÁGAPE DE ESFINGES.

R. H. MORENO-DURÁN

En los últimos años, Juan Carlos Onetti parecía encarnar a su personaje Eladio Linacero: tendido sobre la cama, boca arriba, sin afeitarse durante días, con un cigarrillo infinito en el belfo y una no menos infinita botella de whisky. Así escribió Cuando ya no importe, libro crepuscular como su título y no exento de un marcado desencanto, de algo de resignada paciencia rota só lo por ese azar que felizmente depara siempre la escritura.

LA invocación de Linacero no es gratuita. Animal nocturno como Onetti, es el fundador de un largo linaje de lúcidos outsiders que decididamente apuestan por encontrar una razón de ser en el lado oscuro de la vida. Cuando Linacero se palpa la barbilla, sin afeitar, no tiene más remedio que evocar a esa prostituta que se lamentaba porque sus clientes la frotaban despiadadamente con sus cerdas en el hombro, siempre el izquierdo, enrojecido y lastimado por el roce del efímero y mercenario acoplamiento. Esa aspereza que el personaje sacaba a relucir era la que el lector de El pozo sentía al pasar las páginas de su ejemplar, publicado en la colección Narradores de Arca, esa humilde aunque puntual editorial uruguaya que al promediar la década de los años sesenta multiplicaba también su estirpe en los anaqueles de las librerías de la mayor parte de las capitales latinoamericanas. Por esos años el creciente éxito de los escritores del boom exhumó el legado de sus padres, entre los cuales Onetti ocupaba un lugar de privilegio. A este respecto, siempre salía a relucir una pregunta: ¿existiría Macondo sin la Santa María que fundó Brausen a orillas del río? Por supuesto que la Santa María de Onetti no existiría sin el condado Yoknapatawpha, de Faulkner, como tampoco existiría Comala sin el referente del Deep South norteamericano, y menos sin el cementerio parlante de Spoon River. Obviamente, al hacer estas consideraciones, no buscamos fijar aquí influencias sino subrayar fecundas filiaciones.

Onetti era un hombre que daba la impresión de haber nacido cansado. Tan cansado –me dije ese día- que a lo mejor ni contesta el teléfono. Por eso lo mejor es visitarlo de improviso, sin avisarle por lo menos el esfuerzo no es estéril y puede uno cruzar con él un par de palabras. Claro que si está de buen humor hasta te ofrece un trago a las diez de la mañana. ¿Cómo olvidarlo, envuelto en su bata, con un eterno cigarillo en los labios y la botella parecida a otra extremidad de su cuerpo, mientras los ojos saltones, inquisitivos, bailan en sus cuencas como dos enormes gotas de aceite? Su habitación es como sus libros, un extraño territorio en el que priva una atmósfera espesa, incrementada por el olor penetrante del tabaco, estancado pro meses y meses y donde cada día hay menos espacio para el oxígeno. 55 años después, la voz del escritor reivindica la semblanza que de sí mismo trazó el primero de sus personajes: “Yo soy un hombre solitario que fuma en un sitio cualquiera de la ciudad; la noche me rodea, se cumple como un rito, gradualmente, y yo nada tengo que ver con ella. Hay momentos, apenas, en los que los golpes de mi sangre en las sienes se acompasan con el latido de la noche. He fumado mi cigarrillo hasta el fin, sin moverme…”

Su mirada impresionaba al inspeccionarlo a uno de arriba a abajo, y su grueso labio inferior caído parecía justificar su pertinaz silencio. Hizo del monosílabo la rezagada respuesta a las preguntas de sus interlocutores, y difícilmente puede atribuírsele un párrafo oral superior a dos líneas. Todo lo contrario de los largos periodos de su escritura, una prosa llena de ramificaciones y sentidos, aparentemente sobria pero en realidad densa y compleja, como su visión del mundo. Por ello cabe aplicarlo con rigor autobiográfico lo que Larsen advierte en “El astillero”: “Sospechó de golpe lo que todos llegan a comprender más tarde o más temprano: que era el ´8unico hombre vivo en un mundo ocupado por fantasmas, que la comunicación era imposible y ni siquiera deseable, que tanto daba la lástima como el odio, que un tolerante hastío, una participación dividida entre el respeto y la sensualidad eran lo único que podía ser exigido y convenía dar…”

Salvo las peculiaridades de la frase y una prosodia inimitable, en casi todo lo demás Onetti se parecía a Juan Rulfo. Ambos construyeroun un mundo propio: Santa María y Comala don auténticas antesalas del “infierno tan temido”. La ciudad de uno y el pueblo del otro están habitados por gentes difuntas. Del extremo sur al norte del continente, del Río de la Plata a Jalisco, los muertos en vida que se regodean con la rutina opresiva de onetti y los muertos que hablan desde la memoria de Fulfo nos agobian con su presencia. Porque lo cierto es que Onetti y Rulfo eran tan parcos con las palabras que casi siempre parecían ausentes. Así los conocí en junio de 1979, cuando durante diez días un grupo de escritores fuimos confinados en Las Palmas de Gran Canaria. Ese encuentro, al que por razones apenas comprensibles la crítica más envidiosa y abstemia llamó El Congreso Etílico, nos recordó otra afinidad entre los dos narradores: ambos habían agotado a lo largo de sus vidas las infinitas euforias del vino.

¿Cómo olvidarlos? En medio de la admiración plenaria de escritores de España y América Latina pertenecientes a generaciones diferentes –Dámaso Alonso le dabe la réplica a Luis Suñén, enrique Molina a José Emilio Pacheco, Agustín Yáñez a José Miguel Ullán-, los veíamos velar armas en el bar del Hotel Iberia. Siempre escoltados por Félix Grande y Luis Rosales, por J. J. Armas Marcelo y Alicia Cid, los dos escritores habían sido nombrados presidentes de honor pero muy pocos lograban arrancarles entrevistas o declaraciones más allá de unos cuantos párrafos protocolarios. En medio de decenas de escritores, sin duda las dos figuras totémicas del encuentro eran Onetti y Rulfo y ambos sobresalían como hábiles administradores del silencio en cotnraste con la algarabía de los otros. En silencio paseaban por la playa, la mirada fija más allá del mar, sobre Lanzarote y Fuerteventura, y acaso un poco más allá, en pos de las costas de Africa. En silencio escuchaban las ponencias y las discusiones poco apacibles que se desataban en los claustros de Santa Brígda, una colina que se alzaba sobre la parte más fría de la isla. En silencio alternaban con otros notables profesionistas de las letras americanas (Westphalen, Monterroso, Ribeyro, Sologuren, Sabines), españolas (Barral, Ayala, Goytisolo, Castellet), gallegas (Celso Emilio Ferreiro). A los más jóvenes nos resultaba gratificante y aleccionador compartir el espacio de sus meditaciones so pretexto de confrontar nuestras opiniones sobre Santa María y Comala y de paso evocar a las mujeres que habitaban el Falansterio de Larsen y el misterioso encanto de Susana San Juan. Tres años antes Tusquets había publicado De la barbarie a la imaginación y con la intrepidez de quien se iniciaba en el oficio me acerqué a Onetti y a Rulfo, el primero con su whisky color topacio y el segundo con una Coca Cola siempre a medio vaso. En ese libro les había dedicado a ambos los largos capítulos que sus obras merecían y fui escuchado –sospecho- más con curiosidad que con interés. Con los años y nuevas ediciones, el trabajo sobre Onetti aumentó. Con Rulfo tuve que resignarme, como sus lectores de todo el mundo, a la brevedad colosal de sus dos libros. Y fue en esta oportunidad cuando pude cotejar con él la memoria hablada de los muertos de Comala con las lápidas infidentes de Spoon River.

Durante los diez días de ese Congreso la proximidad de Onetti y Rulfo –y por extensión, la de la mayor parte de los escritores allí presentes- nos enseñó que nada hay más nocivo que respetar el pathos de la distancia, sobre todo cuando existe la posibilidad del diálogo, por más leve que sea. En esa ocasión, los dos escritores contemproizaban con queines apenas comenzábamos este arduo oficio y para nada guardaban distancias, aunque sus prolongados silencios, pletóricos de significado, ratificaron lo que ya todos sabíamos: que conformaban un tandem absolutamente negado para las entrevistas. Trece años después, y muerto ya Rulfo, la magnífica prosa del sobreviviente le ganó un lugar propio en el mosaico de Palabra mayor. Y fue entonces cuando su voz cansada sugirió una forma más abierta y libre de diálogo: Dejemos hablar al viento…

Onetti nunca le vedaba un lugar en su mesa a un escritor joven. Incluso fue a parar a la cárcel y luego a un exilio del que jamás volvió por suscribir el acta en virtud de la cual se premió el cuento de un narrador novel a quien la censura del uruguay calificó de pornográfico e inmoral. ¿Le cobraban de esta forma al ilustre jurado lo que él había hecho a favor de la libertad y el arte durante cuatro décadas y media? La única condición que Onetti le exigía a su interlocutor era, pardójicamente, la de que supiera compartir su silencio. Y uno allí sentado, a su lado, viéndolo fumar y mirar hacia un complejo paisaje de falansterios, burdeles, sanatorios y astilleros: era como si participara en un ágape de esfinges. Pero el diálogo fluía por dentro, como debe ser, y cuando el contertulio quedaba subjetivamente afónico y la última botella se había evaporado, el autor de La cara de la desgracia se levantaba de la mesa, alto y con aire parecido al de machado el bueno en los días postreros de la guerra, la cabeza levemente ladeada y los ojos saltones tras las gafas y ese belfo siempre húmedo y congante, como su apagado “Hasta luego…”

Así ocurrió en los lugares en los que tuve oportunidad de estar a su lado. En Barcelona, cuando Ricardo Rodrigo y Juan Carlos Martini, editores de Bruguera, lo invitaron a participar en los actos de presentación de Dejemos hablar al viento. En Recepciones privadas y en foros, con las aulas repletas de gente. Recuerdo en especial el día en que violó su pacto con el silencio para neutralizar el agresivo discurso de uno de esos espontáneos que se esfuerzan por hacer en público el ridículo. A nombre de las apolilladas consignas del compromiso del escritor, la responsabilidad social del arte y otras tonterías por el estilo, el hombre de la masa elogió impúdicamente la obra de Onetti sólo para vapulear a continuación la de Vargas Llosa. El gesto del agasajado fue contundente. Sencillamente dijo: “Aunque no entiendo nada de lo que usted dice sobre mis libros, me parece una descortesía absoluta hablar mal de un escritor ausente, al que yo sí admiro mucho.” El auditorio le ofreció una ovación unánime.

Tampoco fue difícil compartir con él las jornadas de un encuentro literario celebrado en París y patrocinado por La Sorbona. Por esos días la salud de Cortázar comenzaba a resentirse y ésa era la mayor preocupación de quienes asistimos a las diversas sesiones. Recuerdo que formé parte de un panel integrado por Héctor Pianciotti y un escritor de alta calidad y que, al igual que Onetti, había instalado la timidez y un opresivo silencio en el alma: el exilio le carcomía la vida y no pudo contener el llanto mientras leía sus textos. Era Antonio Di Benedetto y poco después murió. Otras evocaciones: una corta caminata entre las arboledas de El Retiro como colofón de alguna feria del libro. O confidencias como las que narraba Mario Benedetti a propósito de la célebre capacidad etílica del autor de La vida breve. O simpáticas semblanzas que he escuchado de labios de amigos y compatriotas suyos, como Cristina Peri Rossi, Homero Alsina Thevenet –alguien que lo sabe absolutamente todo sobre cine y que, además, convivió con Onetti con alguna oscura pensión rioplatense durante los años difíciles-, Fernando Aínsa y, sobre todo, Angel Rama. O anécdotas no menos divertidas, como cuando observé a Eduardo Galeano regañarlo amablemente por decir “pavadas” sobre algún punto que hacía referencia a la cuestión social. Las bromas iban y venían. Y Onetti como si nada: para él las únicas venas abiertas de américa Latina eran las del doctor Días Grey cuando traficaba con morfina.

Durante los días compartidos en las islas, Galeano acompañaba a Onetti con harta frecuencia. Era gratificante oírlos evocar a un Montevideo que nada tenía que ver con esa ciudad que la dictadura de entonces había envilecido, al extremo de darle el nombre de “Libertad” a la prisión donde confinaba a los presos políticos. A propósito, llama la atención constatar algo que prácticamente nadie se atrevía a escribir en 1939 y que Onetti, en las tempranas páginas de su obra, registró al referirse al “lujo asiático en que viven los comisarios en el Kremlin y la inclinación inmoral del gran camarada Stalin por las niñitas tiernas”. Y más adelante, ante quien acusa a tan incómodo personaje de ser un insensible social, un reaccionario y un fracasdo, él se defiende: “El pobre hombre inventa el apocalipsis, me habla del día de la revolución (tiene una frase genial: ‘cada día faltan menos…’), y me amenaza con colgarme, hacerme fusilar por la espalda, degollarme de oreja a oreja, tirarme al río…”

Durante los días del archipiélago, el periodista Ricardo Bada, siempre con una grabadora en mano y un sinfín de referencias literarias como carnada para el diálogo, iba tras las grandes figuras del Congreso. Me sorprendió una respuesta de Onetti, que luego Rada difundió por las ondas de la Deutsche Welle, en Alemania: “¿A propósito de Thomas Mann, qué es lo que más llama su atención?” Y el autor de Tan triste como ella no vaciló en su respuesta e incluso fue inopinadamente explícito: “Si algo admiro de La montaña mágica es la declaración de amor de Hans Castorp a Clawdia Chauchat. Es poesía pura. No entiendo por qué otros dicen que esa hermosa declaración se echa a perder por los excesivos conocimientos de anatomía que el joven saca a relucir. A mí me parece que, precisamente, es la anatomía lo que le da valor al acento poético que se apodera de ese episodio.” Opinión que comparto plenamente, pues incluso he escrito que, salvo El cantar de los cantares, ésa es la declaración de amor más bella y profunda de la literatura universal. Pero hay algo más: esa opinión de Onetti no se comprende sin conocer algo de su vida y concepción del mundo. Ya en El Pozo Linacero recomienda que todo hombre debe escribir su biografía a los 40 años, y habla de los jóvenes y uno piensa entonces en el propio Onetti cuando afirma que jamás tuvo problemas sexuales porque a la edad en que los muchachos los tienen él se casó por primera vez. Creo que ésa es la razón por la cual Onetti entiende y justifica el derroche de conocimientos anatómicos que el joven Castorp exhibe ante su amada, la bella enferma rusa. Y puesto ya en las confidencias, siempre contaba que nunca pasó de la primaria y que era muy alto para asignaturas como la geografía y el dibujo. La paradoja es superlativa, sobre todo si consideramos que Onetti fue el magnífico cartógrafo que diseñó Santa María y que con todo lujo de detalles la ubicó en los más hermosos mapas de la imaginación.

Evocar a Onetti es hablar de la ciudad. Salvo Roberto Arlt –de quien trazó una entrañable semblanza que aparece como prólogo de El juguete rabioso-, Onetti es el escritor latinoamericano que más ha vivido a fondo el infierno de la urbe, tanto que, no contento con los arquetipos de Montevideo y Buenos Aires, inventó su propio mundo. O se le atribuyó a Brausen. Y a diferencia de muchos narradores “urbanos”, que sólo hacen literatura de tarjeta postal, Onetti supo tomarle el pulso de subjetividad lastimada de su habitat. Porque si algo le interesó fue medir la temperatura enferma de la ciudad y su conciencia paranoica, que es tanto como explicar el diagnóstico de su identidad patológica, y que se siente palpitar a través de las entrecortadas meditaciones del doctor Díaz Grey. Este médico –cuya presencia es tan habitual en los libros de Onetti como Larsen o Angélica Inés o el potentado Petrus o Rita la ramera y su chivo- ya había dejado filtrar parte de su pasado en La vida breve, donde aparece como un inescrupuloso comerciante de morfina y, además, se ve involucrado en un crimen y en varios líos de faldas, no resueltos del todo. Su escéptica vejez queda patente en El astillero, aunque su trayectoria vital es siempre la de una conciencia compulsiva y cínica. Por eso, al ser llamado en Juntacadáveres para corroborar una vez más el viejo recurso de la salud, el médico se manifestó como el reverso de su falsa imagen: él mismo, sobre la anatomía de la ciudad, revertía la lógica inflexible de la enfermedad: la comprobaba, la alimentaba, le brindaba el impulso de la incurabilidad. Algo de esto lo había anotado ya el uruguayo Felisberto Hernández en el relato Menos Julia, donde plantea la historia de un anciano que mantiene una relación tan íntima con la enfermedad que no vacila en confesar que “ama a la enfermedad más que al a vida…”

Porque la enfermedad ya no es aquello que ocurre entre el médico y el enfermo, sino que, ahora, frente al doctor Díaz Grey y a la ciudad, la enfermedad aparece como la impronta corrosiva y letal que crece entre la fe y el miedo: “El hombre es disipación –postuló- y el miedo a la disipación.” Para el médico, la enfermedad es apenas una disgresión en el discurso de una cultura. Al fin y al cabo, es por la salud social por lo que él, recto y aquiescente, patrocina la idea del prostíbulo para Santa María. No obstante la enfermedad encuentra en la obra de Onetti otras manifestaciones, tal como lo demuestra su novela Los adioses, obra que reiteradamente consideró la mejor de las que había escrito. Entre un sanatorio y un pueblo -¿extraña a estas alturas su devoción por La montaña mágica y el amor entre enfermos?- se teje una oscura red de suposiciones que involucran las relaciones de un interno con dos mujeres: una adulta, acompañada siempre por un niño, y otra mucho más joven y atractiva. Ambas comparten temporadas con el enfermo y las gentes del pueblo disparan su imaginación al juzgar al trío. Con la enfermedad como fondo, el pueblo sufre un evidente caso de contagio moral, donde no falta incluso el médico de rigor, no ya el doctor Díaz Grey sin el doctor Gunz. El tiempo incrementa las cábalas tanto como los bacilos y el enfermo, gracias a la bien guardada ambigüedad de sus relaciones, se confunde con el morbo general.

Los episodios y los personajes de Onetti son variantes de una misma historia. Todos sus libros confluyen en un solo libro. ¿Qué diferencia a las suposiciones de Los adioses de las que se tejen en torno a Rita, la prostituta cuya muerte en para una tumba sin nombre da origen al relato? Siempre acompañada por un chivo, Rita es el prototipo de las numerosas y fascinantes rameras que inventó Onetti y ella, en su rito prostibulario, exhibe algo de religiosa dedicación y las mismas gentes de Santa María le otrogan a su magisterio carnal una moralidad redentora. Rita parece ilustrar la tortuosa teología que registró William Blake en su Matrimonio del cielo y del infierno: “La lubricidad del chivo es la generosidad de Dios.” Y a propósito del heterodoxo inglés, Onetti vuelve sobre sus versos en Tierra de nadie, donde por boca de Mauricio y de forma no explícita recupera uno de los más terribles aunque ciertos aforismos, y que el propio autor parece haber practicado: “Quien desea y no actúa engendra la peste…” Pero, de nuevo con Rita, la sola presencia del chivo expía las faltas de la mujer cuando consigue clientes o cuando, a su lado, hace el amor. De ahí que el animal sea la única compañía lógica al ahora de su entierro. De un hombre a otro, Rita va también de un libro a otro: en Juntacadáveres tiene que ver con la mayoría de los personajes masculinos, en especial con Marcos Bergner, el ideólogo del Falansterio y el mayor usuario de los servicios del burdel. Desde la primera página de su primer libro Onetti involucra prostitutas en sus relatos. De ahí que con frecuencia se tilde de misógino a quien un día escribió: “He leído que la inteligencia de las mujeres termina de crecer a los 20 o 25 años. No sé nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, más o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo. Piénsese en esto y se sabrá por qué no hay grandes artistas mujeres. Y si uno se casa con una muchacha y un día se despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatines en las esquinas de los liceos…” A pesar de estas opiniones, de su carácter hosco y de su pinta de aburrido, Onetti gozó siempre del favor de las mujeres. Tras esculcarles el alma en sus libros, el escritor no vacilaba en curiosear impunemente entre el proverbial desorden que las señoras llevan en sus carteras. Pero así y todo lo adoraban. Al preguntársele sobre ésta y otras cuestiones no menos traviesas, el autor de La novia robada se acaricia el mentón, sus ojos se iluminan y el labio colgante no logra disimular una mínima aunque pícara sonrisa. “Hay una leyenda negra sobre Onetti –dice-; sobre todo allá lejos, en el sur. ¿Pero por qué me preguntás vos esas cosas? Decí…”

De todos los personajes que deambulan por gran parte de los libros de Onetti, el más sugerente y vital es Larsen, siempre empeñado en proyectos demenciales. Si antes, por bien de la salud social debe poner en marcha un prostíbulo, ahora, por razones económicas, debe sacar adelante el astillero, en la novela homónima. Se apoya en la mentira y sus falsas promesas van parejas con su propia, paulatina alienación: persistir en algo que no es más que un sueño siniestro, insistir en llevar adelante la empresa del deterioro, acelerar la más lancinante de las entropías. Y ante la certeza de que la heroína de turno, Angélica Inés, está tan loca como su madre -–se es el dictamen del doctor Díaz Grey- y que no podrá tener hijos, y al comprobar la insania creciente del potentado Petrus, Larsen justifica los motivos de su impostura. Para él, Santa María es “la ciudad maldita” y en ella se sumerge consciente del fracaso. Entra en contacto con el comisario Medina –que años atrás tuvo algo que ver con el prostíbulo en Juntacadáveres y años después reaparecerá el Lavanda, la ciudad que reemplaza a Santa María en Dejemos hablar al viento- y prosigue su loca aventura. Al vender las piezas claves del astillero él mismo saquea y arruina su empresa. La situación se precipita y el punto de vista ofrece dos desenlaces diferentes. De cualquier forma, la ambigüedad multiplica una vez más las posibilidades del texto, con lo que la moral del protagonista y su enfermiza relación con la ciudad y sus habitantes queda, una vez más, a discreción del mejor intérprete.

La apatía es la foto que Onetti exhibe en su pasaporte. Como vigilado por un buda desde el comedor, el escritor ahuyenta a un perro que deambula por ahí y que, según dicen, su esposa se lo compró para que por lo menos tuviera un motivo para salir a la calle. ¿Se imagina alguien a Onetti dándole la vuelta a la manzana con un perro caniche? Rita y su chivo estarían en la imaginación de todo el mundo y no faltaría quien recordara que los sueños de la juventud se cumplen en la vejez. Pero nada de eso alcanzó a ocurrir. Tendido boca arriba, sobre la cama, desaliñado y escéptico como si subrayara la más típica actitud de sus personajes, Onetti vaticina en Cuando ya no importe –su último, expresivo libro- el amargo destino de un cuerpo que ya no le responde: “Sé muy bien que terminará rebelándose y que usará dolores de intensidad escalonada para obligarme a tenerlo en cuenta, justamente cuando ya no importe demasiado al mezclarse con hastío y resignación. Otra vez la palabra muerte, sin que necesite escribirla…”

La Jornada SEMANAL, Núm. 286, 4 de diciembre de 1994, pp. 30-34, título “LO QUE PUEDE DECIRSE EN UN ÁGAPE DE ESFINGES”, POR R.H. MORENO-DURÁN. Edición electrónica a cargo de J.FRANCISCO A. ELIZALDE. 08 DE AGOSTO DEL 2000.

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