Secreta secretorum.

Algo que intriga a todo novel estudioso de los recursos Patrísticos es la cantidad de referencias que pueden encontrarse en blogs, websites y documentos disponibles en una cantidad increíble de sitios, donde los autores parecen poseer acceso a recursos ilimitados sin mencionar jamás sus fuentes y menos aún, su procedencia.

Cuando se habla de series, o verdaderas colecciones de textos que son del dominio público, existe la posibilidad de que el autor mencione la procedencia. Alguna biblioteca ‘virtual’, o alguna comunidad/proyecto/institución compartiendo con el mundo sus recursos propios.

Pero cuando se habla de libros individuales, de los que se extraen párrafos siquiera como referencias, comienzan los problemas. No puede mencionarse el lugar de origen del libro, aunque la referencia literaria y académica ha de elaborarse siguiendo los cánones.

Pero aún esto en otras ocasiones es pasado por alto, sin que al autor cause cargo alguno de conciencia. O si es alguien que cede fácilmente a las pretensiones de vanidad y altanería, se encontrarán frases como: ‘alguien me envió este libro/texto digital, pero por su carácter de obra con copyright vigente, no puedo compartirlo con nadie más’.

Es decir, soy un santo y observador de las leyes y buenas costumbres y sigo al pie de la letra la legalidad inherente al traspaso de obras protegidas… pero quien me envió dicha obra es un maldito ladrón transgresor del sistema.

La disputa que se agrió hasta el punto de la confrontación abierta, entre Chabot y Nau [o entre el CSCO y la PO] es una muestra de lo que acaece cuando las restricciones y transgresiones de copyright se ventilan y está el honor y la credibilidad de por medio.

El juicio histórico es inclemente con quienes juegan en esta contienda sin saber que tarde o temprano, la verdad se ventilará aún como una mera hipótesis. La ventaja/desventaja -depende cómo se le vea- de los tiempos actuales es que una palabra publicada en la red de redes ha sido dicha de una vez para siempre, y no puede ser borrada.

La justicia no es ciega. Sólo cierra los ojos presa del cansancio, y los abre muy bien cada vez que hace falta.

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