Secreta secretorum.

Algo que intriga a todo novel estudioso de los recursos Patrísticos es la cantidad de referencias que pueden encontrarse en blogs, websites y documentos disponibles en una cantidad increíble de sitios, donde los autores parecen poseer acceso a recursos ilimitados sin mencionar jamás sus fuentes y menos aún, su procedencia.

Cuando se habla de series, o verdaderas colecciones de textos que son del dominio público, existe la posibilidad de que el autor mencione la procedencia. Alguna biblioteca ‘virtual’, o alguna comunidad/proyecto/institución compartiendo con el mundo sus recursos propios.

Pero cuando se habla de libros individuales, de los que se extraen párrafos siquiera como referencias, comienzan los problemas. No puede mencionarse el lugar de origen del libro, aunque la referencia literaria y académica ha de elaborarse siguiendo los cánones.

Pero aún esto en otras ocasiones es pasado por alto, sin que al autor cause cargo alguno de conciencia. O si es alguien que cede fácilmente a las pretensiones de vanidad y altanería, se encontrarán frases como: ‘alguien me envió este libro/texto digital, pero por su carácter de obra con copyright vigente, no puedo compartirlo con nadie más’.

Es decir, soy un santo y observador de las leyes y buenas costumbres y sigo al pie de la letra la legalidad inherente al traspaso de obras protegidas… pero quien me envió dicha obra es un maldito ladrón transgresor del sistema.

La disputa que se agrió hasta el punto de la confrontación abierta, entre Chabot y Nau [o entre el CSCO y la PO] es una muestra de lo que acaece cuando las restricciones y transgresiones de copyright se ventilan y está el honor y la credibilidad de por medio.

El juicio histórico es inclemente con quienes juegan en esta contienda sin saber que tarde o temprano, la verdad se ventilará aún como una mera hipótesis. La ventaja/desventaja -depende cómo se le vea- de los tiempos actuales es que una palabra publicada en la red de redes ha sido dicha de una vez para siempre, y no puede ser borrada.

La justicia no es ciega. Sólo cierra los ojos presa del cansancio, y los abre muy bien cada vez que hace falta.

Autocensura.

De mortuis nil nisi bonum, reza el adagio. Y cuando se trata de ‘muertos ilustres’ el adagio tiene más peso aún que cualquiera de los mandamientos esculpidos por Moisés en las piedras de la Ley.

A poco de comenzar a revisar las bibliografías sobre los materiales que más me interesaban, surgieron las grandes series acompañadas por nombres cuyo perfil ha ido esclareciéndose con el paso de los meses, y de los años. Del oscuro Graffin, y su compañero Nau, al enigmático Chabot, los hermanos Garnière y sus peripecias propias de hombres del siglo XIX, el abad Migne y su empresa editorial aún hoy día inigualable, todos ellos adquirieron una presencia simplemente estremecedora.

Los vastos proyectos en que cada uno a su tiempo y a su manera se embarcó, cristalizó en sendas series bibliográficas que hoy son punto de consulta obligado para todo aquel que se inicia en los estudios Patrológicos/Patrísticos. Algunas publicaciones incluso tienen nombres engañosamente ‘ligeros’, como la Revue del Orient Chrétien.

Mas la línea editorial e histórica por más escueta que sea, no podrá pasar de largo y sin mencionar siquiera en su tiempo a Pitra, Migne, los hermanos Garnière, Horoy, y quienes se encargarían de pasar de un siglo al otro con proyectos que aún perviven hoy día: Graffin, Nau, y Chabot.

Una primera vista de las grandes series ‘Patrologia Orientalis’ y ‘Corpus Scriptorum Christianorum Orientalium’ ofrece el panorama de una época rica y fluida, que disponía de abundantes materiales editoriales cuya consecución incluso se llevaba a cabo con métodos y formas muy poco ‘ortodoxos’ y ‘convencionales’.

Conforme las ideas preconcebidas van adaptándose a lo que muestran los textos de cada historia, y se aprende a leer ‘entre líneas’ cada comentario al parecer azaroso, van destrabándose las verdaderas historias e intenciones que sustentan no pocos proyectos de investigación, después tornados sendos proyectos editoriales.

Esa fue la razón de mi interés por la controversia sucitada entre Graffin y Nau por un lado, y el Abad Chabot por otro. Rastrear cada referencia bibliográfica fue quizá la parte más difícil, y no obstante la parte que más disfruté de esa pequeña investigación, que ha fraguado en una pequeña reseña con una veintena de páginas.

Mas, conforme las situaciones fueron delineándose y anulando cualquier posibilidad de error o confusión, el panorama tornóse paulatinamente desolador. A las figuras encomiables de Graffin y Nau y Chabot se les agregaban uno a uno rasgos que, si bien no eran ajenos a la personalidad intrínseca de cada uno de ellos, vistos de fuera parecieran ser graves, gravísimos defectos.

Mas en este punto es donde la opinión personal, la mirada preconcebida ha de doblegarse y ser domada. El peligro de la autocensura aparece cada vez, en pugna irreconciliable con la desvergüenza o desfachatez.

La autocensura en modo alguno ayuda en la tarea de investigación, quienquiera que se proponga investigar y ahondar en las raíces del tema que le interesa, ha de estar preparado para encontrar incluso las pruebas contundentes que refuten su argumento inicial.

La desvergüenza o el descaro, sendas formas del oprobio y la humillación tampoco son ‘cualidades’ que ayuden en las tareas de investigación. Al descubrir los yerros y debilidades ajenas acentuamos y realzamos las debilidades y yerros propios.

Es realmente fatigoso pelear simultáneamente en un doble frente contra la autocensura y el escarnio. Mantenerse en el justo medio, lugar donde habita la virtud, ha de ser el ideal de todo investigador, por más que sus investigaciones y estudios le inciten a realizar una apología. Con frecuencia, los autores mismos ceden ante el peso de sus obras, y han dejado en ellas apologías o denuncias más que fundamentadas.